Acontecimiento 46 (2015)

  • Once puntos melancólicos sobre el devenir de la situación griega. Alain Badiou
  • La bandera roja y la tricolor. Alain Badiou
  • La utilización (de la) política. Juan Cerdeiras
  • Diálogo entre una filosofía de la inconsistencia y una política de la emancipación. Raúl Cerdeiras
  • Los intelectuales y la política. Raúl Cerdeiras
  • Una ética in-humana. Raúl Cerdeiras
  • Elecciones sin política. Alejandro Cerletti
  • La posibilidad actual de un Estado emancipador. Martín López
  • Distancia de la política. Hernán Mancuso

Otras Voces

  • La urgencia y el cuadrado. Biblioteca Popular Eduardo Martedi

Acontecimiento 36-37 (2009)

  • La afirmación de otra política de emancipación. Grupo Acontecimiento.
  • La hipótesis comunista, Alain Badiou.
  • La política como pensamiento: la obra de Sylvain Lazarus, Alain Badiou.
  • Sobre Bifo: La pulpa y la cáscara… de la naranja (Bases para un ensayo), Raúl Cerdeiras.
  • Carta Abierta: la adjunción de un sujeto a un gobierno, Víctor Militello.
  • Clínica y política. Algunas notas sobre la violencia y sus dispositivos, Roxana Yattah.
  • La dicha en la esclavitud. El carácter masoquista del goce y el poder excitante de la autoridad, Susana Bercovich.
  • No escondamos nuestras bengalas. Aguante, precariedad y creación (una lectura de Cromañón), Juguetes Perdidos.
  • Chavistas: un esfuerzo más si queréis ser revolucionarios, Jeudiel Martínez.
  • Colaboraciones
    • Lo público y la lógica del miedo, Hernán Mancuso

Acontecimiento 35 (2008)

  • Algunas ideas para otra política. Raúl Cerdeiras
  • Pensar en Venezuela. Raúl Cerdeiras
  • Construyendo otra política. Roland Denis
  • Materiales de Discusión
    • Pensar una política anárquica. Hernán Mancuso
  • Postulados políticos del Grupo Acontecimiento.

 

Acontecimiento 33-34 (2007)

  • Dossier Venezuela
    • Venezuela ¿una experiencia necesaria para las nuevas políticas de emancipación? Raúl Cerdeiras
    • Roland Dennis
      • La partidización del movimiento popular
      • Cambiar los códigos de interpretación y de acción
      • Venezuela tierra milagrosa
      • “La política es la ciencia del pueblo” (Ensayo contra los políticos)
      • Los militantes. Una raza especial que quieren extinguir
      • Advertencia sobre la reforma constitucional. Tres errores de Chavez y la formación del estado contrarrevolucionario
      • Luego de las advertencias… consideraciones concretas sobre la propuesta de reforma constitucional
  • Universalismo, diferencia e igualdad. Alain Badiou
  • La filosofía como repetición creativa. Alain Badiou
  • Entre la gestión de la vida y la vitalidad política. Tres hipótesis sobre la singularidad de lo político. Fernando Gallego y Gabriel D’Iorio

Acontecimiento 14 (1997)

  • Platón y/o Aristóteles-Leibniz: Teoría de conjuntos y teoría de los topos bajo la mirada del filósofo. Alain Badiou
  • La ideología borgeana. Bruno Bosteels
  • ¿Mujer, género o qué? Cristina Corea
  • Ocaso de la universidad en las cárceles. Diego Zerba y María Massa
  • A propósito del impasse en psicoanálisis. Lidia Alazraqui

Elecciones sin política

Del número 46 de revista Acontecimiento


Escenario electoral: las rutinas de la democracia capitalista

El abigarrado calendario electoral de este 2015, al que el Estado nos conmina a someternos puntillosamente, es un buen pretexto para algunas reflexiones.

En el lapso de menos de un año, y a la luz de las encuestas, los sondeos de opinión y algunos resultados de elecciones parciales, el clima político nacional ha oscilado varias veces entre una sensación de “fin de ciclo” y otra de continuidad victoriosa del “modelo”, con diversos estados intermedios. Son notables los argumentos de circunstancia con los que se justifica estos vaivenes, de acuerdo al interés de los interesados. Pero si hay algo que ha caracterizado este escenario es la ausencia de política. Al menos de política emancipativa, es decir aquella que no reduce la política a la gestión del Estado.

El esfuerzo de los sectores intelectuales más progresistas del kirchnerismo por reflotar la discusión política (en especial, en algunos frentes sensibles: el sentido del Estado, la reapropiación o resignificación de los conceptos de populismo, consenso, soberanía, etc.) e instalarla como un eje central de las preocupaciones del gobierno, ha quedado siempre diluido por las urgencias circunstanciales y la necesidad de estrechar filas frente a sus enemigos electorales y mediáticos. Han debido postergar el pensamiento para otros momentos y ocuparse de evaluar apremios de coyuntura (por ejemplo, y de manera paradigmática, cómo procesar, sin romper su pertenencia partidaria, el hecho de que sea Scioli quien exprese la continuidad del “proyecto”).

Por cierto, no tiene demasiado interés político analizar los insólitos argumentos con los cuales ahora, que las circunstancias han tornado inevitable su candidatura, se justifica desde el oficialismo que Scioli no era tan malo, y que con un contrapeso de “izquierda” se podría llegar a domesticar. La ausencia de un candidato que represente cabalmente al proyecto luego de doce años de gobierno no es una circunstancia ocasional sino el síntoma de una forma de construcción política, en la que la figura conocida es esencial para arrastrar voluntades y todo se encamina alrededor de quien “mide” mejor. Pero esto no es una peculiaridad del kirchnerismo; todos los partidos están atrapados en la misma lógica de definición de representatividades, esclavizada por la necesidad de imagen en los medios de difusión masiva. Los proyectos parecen tambalear si no se consigue alguna figura mediática que los encarne; como si el logro colectivo dependiera, en lo esencial, de algunos individuos más o menos simpáticos o entradores.

Tampoco el análisis de las volteretas oportunistas del discurso de Macri –que ha contorsionado sus dichos de acuerdo a la ocasión, al punto de llegar a ponderar un Estado activo en lo social y económico, horror histórico de los liberales–, significa discutir realmente el sentido del Estado en la práctica política. Por cierto, el significado usual de las construcciones políticas estatales se unifica en considerar que la política está sujetada, en mayor o menor medida, a la economía y que la tarea del Estado es, en sus extremos –a izquierda y derecha–, redistribuir la riqueza y permitir, con reglas claras, el libre juego del mercado. En ambos casos, el Estado tiene una importancia central, aunque por diferentes motivos. La idea de un Estado benefactor, providencia, garante de derechos, asistencialista, paternalista, etc. (tal como se lo puede llamar de acuerdo al rasgo que se privilegie o el matiz desde el que se lo interprete) es tan o más antigua que la que animaba la II Internacional. En la última década y media, los diferentes gobiernos progresistas latinoamericanos le han conferido perfiles específicos y particularidades regionales, pero no han modificado la condición –incluso la han reforzado explícitamente– de que el Estado es el escenario excluyente de la política. Considerar al Estado como el ámbito excluyente y exclusivo de la política torna relevante los períodos de elecciones, porque constituyen el procedimiento autolegitimado por el cual se modifican los funcionarios que lo gestionan. Se comparte una ficción en la que el Estado es el escenario común en el que se pueden representar diferentes obras “políticas”, durante el período que dura la temporada. Si la actuación es exitosa tal vez se logre seguir una temporada más. En esta época, como nunca, este sistema de representaciones se ha naturalizado al punto de que se admite, sin más, que la función debe continuar como sea, porque de eso se trata la política y la democracia realmente existentes: la continuidad inevitable del estado de las cosas.

El mecanismo eleccionario –aquí y en el mundo– ha clausurado el significado de la expresión “democracia”, ya que se considera democrático cualquier régimen que convoque periódicamente a elecciones de autoridades y se subordine a las leyes del libre mercado. Por lo tanto, la democracia ha quedado ligada de modo indisoluble a la inevitabilidad del capitalismo. La siempre perfectible “democracia” es hoy la democracia capitalista. Cualquier representación de gobierno comparte lo inexorable de este estado de cosas, e intenta mostrar diferencias remarcando algunos matices, que suelen exaltarse o maquillarse de acuerdo al objetivo universal de atraer más espectadores votantes consumidores. En este descarnado mundo de ganadores y perdedores, de triunfadores y fracasados, los resultados electorales son transcritos y percibidos como los efectos de la competencia del mercado, de un evento deportivo o del rating. Los tradicionales festejos posteriores de los ganadores exhiben con descaro el sentido del resultado: son ellos quienes realmente ganaron, los candidatos que supieron recolectar más votos; y no sus votantes, un programa o una idea. Aunque quien ganó, por sobre todas las cosas, es la continuidad de lo mismo.

El sistema democrático, tal cual hoy se lo entiende, es básicamente un mecanismo de selección de funcionarios que tienen como tarea administrar la expansión nacional y global del capital. Esta administración podrá tener mayor o menor sensibilidad social, pero su tarea es, por sobre todas las cosas, actualizar la función central del Estado: no permitir que nada quede fuera de su cuenta, ordenando y oficializando el terreno de lo posible. Lo nuevo que aparezca será inexorablemente eliminado o asimilado, esterilizando así su eventual fuerza disruptiva.

Es en este sentido que nada políticamente significativo ha deparado –ni parece poder llegar a deparar– el proceso eleccionario en curso.

La subjetividad votante

El buen sentido común eleccionario supone que los votos expresan una suma de voluntades individuales que configuran algo así como una voluntad global del electorado. El partido que gana reflejaría esa voluntad y asume la tarea de llevarla a la práctica. Como es imposible saber lo que quiere cada uno de los votantes y construir una eventual sumatoria de deseos que signifique un deseo común, los “políticos” –que en nuestro sistema de gobierno adquieren su poder, en los hechos, por completa delegación– asumen que son capaces de interpretar esos deseos y cada uno se oferta en el mercado electoral como la mejor opción para la tarea de llevarlos a cabo. Nadie sabe bien qué programas de gobierno –si existieran– está votando, sino que elige personajes que cree expresarán el imaginario de sus deseos, tan difuso como apolítico. Esta matriz individualista liberal, como base de legitimación de la voluntad colectiva, adquiere en las elecciones su sentido profundo, ya que ellas sellan y agotan, estableciendo una distancia infinita, la relación entre el gobierno y la base social.
El sentido común eleccionario más pragmático y realista supone que nadie tiene demasiada idea de qué hacer con sus vidas en cuanto al destino colectivo, pero los políticos sí. Ellos saben qué hacer y se lo proponen al electorado, y se postulan como los mejores ejecutantes para esa tarea. Tienen muy en claro el buen destino de la sociedad y aspiran a ganar adhesiones para lograrlo, intentando convencer a la gente de que ellos son los mejores. Las campañas electorales son enormes y costosos aparatos publicitarios para captar los votos de una población cuya gran mayoría acepta pasivamente este escenario, reconociendo, de manera explícita o implícita, que no participa ni participará de manera personal y comprometida en la construcción de ningún proyecto político colectivo. Simplemente delegará en otros, los mejores, su poder individual y colectivo, y festejará o no los resultados de las elecciones mirando la televisión. Los efectos de esta concepción son similares al caso anterior: el completo distanciamiento entre los gobernantes y la base social. Es cuestión de anunciar los menores detalles posibles de lo que se hará cuando se gobierne, para evitar compromisos. No habrá manera efectiva de controlar prácticamente nada de lo que los electos vayan a hacer cuando asuman el poder y el soberano se enterará, por los medios masivos, de las políticas que llevan adelante sus “representantes”. En síntesis: el demos no gobierna ni delibera sino a través de sus representantes. Y sus representares constituyen, de hecho, una aristocracia de guardianes del statu quo.

No hay nada –ningún “sujeto” político– que preexista a un proceso eleccionario y que pueda ser interpretado o expresado. El sistema electoral delegativo, con mandatos irrevocables, necesita de la distancia que produce la delegación para ser efectivo. No por una cuestión práctica u operativa para la toma de decisiones, sino porque necesita autolegitimarse tomando la distancia necesaria para que la gestión eficiente del capital no se vea continuamente amenazada por los reclamos de quienes la padecen. El Estado dispone de un complejo sistema de mediaciones que hacen que las protestas singulares sean encauzadas y diluidas dentro del orden, para garantizar su autodefensa.

Una voluntad colectiva sólo se expresa (es decir, se puede llegar a constituir en sujeto) a partir de un quiebre de lo que hay –que es un quiebre del orden de lo posible– y de la decisión de algunos de pretender actuar consecuente y coherentemente con él. O, mejor dicho, sólo hay voluntad política colectiva cuando está orientada por un objetivo político común, organizado a partir de una disrupción del orden o del estado de las cosas. Los “individuos” no están entonces interpelados como tales sino que cada uno se incorpora a una construcción colectiva aunados por una idea compartida. El común de esa construcción colectiva, si logra dar continuidad a su fuerza disruptiva, podrá llamarse un sujeto político. Pero no hay un sujeto político particular, universal o trascendente que preexista a la acción y se pueda llegar a visualizar circunstancialmente en una delegación. El sujeto se conforma en la acción y existe en el compromiso colectivo de llevar adelante una idea. El proletariado fue sujeto cuando luchaba (como clase) en contextos históricos determinados y en circunstancias específicas. Un conjunto de obreros no es de por sí un sujeto político (por eso hoy el “proletariado” no es, de antemano, revolucionario).

¿Gobernar para todos?

Las refriegas preelectorales trajeron al debate algunas apuestas que el gobierno exhibe como sus logros más importantes y que de golpe comienzan a ser reconocidas por muchos de aquellos que poco antes las cuestionaban con dureza. Básicamente, el éxito –y en consecuencia, la inevitabilidad– de algunas políticas sociales y otras acciones estatizantes. Más allá del oportunismo electoralista de estos reconocimientos de opositores, lo que queda expuesto a la discusión es, en lo esencial, el significado de gobernar para todos.

La voluntad de llegar a todos se traduce de manera lineal en que el Estado se debe ocupar de todos. En este sentido, siempre se trata de algo que se ofrece: un bien material, una posibilidad. El gobierno es entonces el dador del bien o de la oportunidad. El “todos” asume la realidad de la diferenciación social y en una extraña metonimia focaliza en su nombre a las víctimas del sistema excluidor. La aspiración implícita del gobernante progresista es: vamos a gobernar para ellos, para que se puedan acercar un poco a lo que somos nosotros. Esto produce una subjetivación estatal que singulariza a todos en su lugar y fortalece que cada uno se subjetive en dichos lugares. Estos lugares no son simplemente posiciones económicas o sociales, son la estructuración de lo pensable por cada uno. La movilidad social que puede producir el beneficio económico consolida la diferenciación y la discriminación laboral y social. La posibilidad de que algunos, de manera individual, “asciendan” socialmente, no hace más que legitimar la estructura diferenciadora del sistema, porque para que algunos asciendan debe haber otros que permanezcan “abajo”, de los cuales ahora se diferencian.

En general, frente a estas concepciones, al beneficiario no le suele quedar otro aporte más que agradecer lo que le dieron o la oportunidad que le brindaron. Es decir, se subjetiva como aquel que necesita “políticamente” del Estado, y que gracias a otros, los que gobiernan, pudo mejorar individualmente su destino (esto es, por otra parte, la base del clientelismo político). Identificar carencias o necesidades básicas insatisfechas en otros y tratar de apuntar a su satisfacción cristaliza una concepción de la política y del Estado, y de los individuos en relación con él. Quedan definidos en el terreno político aquellos que pueden y aquellos que no. Los que pueden hacer cosas por sí y por otros, y los que necesitan de esos otros. El mundo resulta diferenciado en dos, entre los potentes y los impotentes; los agentes y los pacientes.

Una manifestación paradigmática de esta situación se ha dado recientemente en Brasil, ante los disturbios producidos contra el gobierno de Dilma. Más allá de la machacante prédica opositora de los poderosos grupos económicos que controlan buena parte de los medios de difusión masivos, es sorprendente una “explicación” reiterada de los motivos por los cuales una población que se ha visto beneficiada masivamente por las políticas económicas y sociales del gobierno, no sostenga un apoyo continuo y militante como sería de esperar. Varios analistas políticos “de izquierda” han explicado la situación, palabras más palabras menos, con los siguientes argumentos: la gente cuando es pobre vota a izquierda y si la política de un gobierno de izquierda es exitosa entonces los votantes pobres se hacen de clase media y por lo tanto giran a derecha para mantener sus privilegios egoístamente, y empiezan a votar partidos liberales, de centro o de derecha. Esta explicación, por cierto, suele trascender el contexto brasileño y es una estrategia usual para justificar la pérdida de votos de gobiernos progresistas, desgastados por el ejercicio del poder.

Lo que está ocurriendo es más bien que los partidos progresistas en el poder conciben como eje de su gestión (al menos, en principio) la mejora de las condiciones materiales de los pobres o los excluidos –es decir, apuntan a mejorar sus condiciones de vida–, pero rara vez construyen políticas junto a ellos, o a partir de las decisiones de ellos. Mantienen el esquema representativo-delegativo de hacer política y se consideran intérpretes de los deseos de la gente. Y conciben que esos deseos son satisfacer, de algún modo, sus necesidades básicas insatisfechas. Se asume que el otro –el asistido o el objeto de la política social– no tiene voz política y quien habla por él es el político gobernante, que interpreta su voluntad. El definitiva, el otro es una construcción del poder dominante, que le da un lugar y es quien puede decidir sus mejoras de vida.

La política atada a la economía tiene estas ingratitudes: es medida en términos egoístas y oportunistas. Si lo que se imagina de los pueblos es que sólo quieren vivir un poco mejor, las consecuencias serán siempre desagradecidas.

La voluntad hegemónica en la administración de lo posible

Encontrar un lugar para todos, redefinir la cuenta que hace el Estado para darse consistencia sin dejar nada afuera, tiene no sólo la pretensión estructural –y ficcional– de obturar cualquier fisura sino, sobre todo, expresa la voluntad política del gobierno de turno de construir un pensamiento hegemónico.

Establecer una hegemonía es algo más que lograr imponer la voluntad de una facción al resto, cualquiera sea el medio: la violencia o el número de votos. Establecer una hegemonía significa, por sobre todas las cosas, segar un otro imposible, verdadero contrapunto real y condición de posibilidad de dicha hegemonía.

Lo otro imposible no es en principio un sector poblacional identificable, una minoría o una comunidad marginada. Las políticas sociales de integración e inclusión han tenido la función específica de configurar ese “otro” marginado para incorporarlo a la cuenta oficial. Incluso, en el plano teórico, el intento de la “vuelta de la política” a la mesa de discusiones de los intelectuales, era una apuesta comprensible dentro del nuevo esquema hegemónico de pensar la política y el sentido de la inclusión. Los rivales eran el nuevo populismo contra el viejo neoliberalismo. Por cierto, frente a la implacable anulación de todo pensamiento que implica el macrismo como concepción de la política esterilizada por la gestión, abonada en el senil “fin de las ideologías”, aquella intención frustrada de “vuelta” significaba al menos una oportunidad para el pensamiento. No tanto porque el terreno de la discusión sea el que fue elegido, sino porque permitía poner el terreno mismo en discusión y las reglas del juego.

Lo otro latente tiene la figura borrosa de un síntoma. Hay algo que ocurre (por caso, los efectos difusos de los acontecimientos de diciembre de 2001) de lo que todavía no logramos nominaciones adecuadas o visualizar la expansión política de sus consecuencias, y reaparece de una u otra manera en conflictos puntuales.

La potencia del Estado de dar cuenta de todo se materializa con la voluntad de los gobiernos de construir hegemonía. La voluntad política del kirchnerismo –y, por cierto, uno de sus éxitos desde el punto de vista de su construcción ideológica– ha sido delimitar, con su sesgo particular, el territorio de lo pensable y, por lo tanto, de lo posible. La nueva hegemonía, lo que obtura en realidad no es una exclusión circunstancial sino la política misma, en nombre de una gestión. No permite pensar la irrupción de nuevas acciones y colectivos más que como expresiones desesperadas de momentos que felizmente pasan porque un nuevo liderazgo se hace cargo de todos. Lo que da sentido al populismo no es tanto la fuerza de lo popular como irrupción de un nuevo protagonismo colectivo sino la subordinación popular a estructuras verticales y liderazgos fuertes.

De todos modos, el problema central no sería tanto el deseo de construcción de hegemonía, sino que la intención política sea lograrla desde el Estado. Porque el Estado es estructuralmente el cierre de toda cuenta. El Estado necesita tener todo bajo su contabilidad; necesita representarlo todo. Lo incontado es siempre una perturbación de su orden que debe ser eliminado. Y esto no es un problema del Estado capitalista sino de todo Estado. Por eso la política, reducida a su dimensión estatal, siempre va a quedar a mitad de camino entre su voluntad de control (o de configuración de un orden en el que estén todos incluidos) y las constantes emergencias de situaciones inesperadas.

Si hay un lugar para el sujeto político no será en el seno de la lógica estatal, porque la función de ésta es objetivar lo que hay para identificarlo y tenerlo en cuenta. La individualización del Estado es siempre objetivante. Por el contrario, si hay alguna posibilidad de construcción subjetiva novedosa deberá producirse en el marco de las singularidades que se escapan del control del Estado. Lo otro de una hegemonía no tiene nombre, hasta que se lo identifica, y a partir de ahí modifica el orden de lo pensable: o lo subvierte, o bien es integrado, o aplastado.

Lo que está en juego en las elecciones es la lengua de una hegemonía. Cuál es el discurso que dará cuenta, de la manera más eficaz, de la convicción de que lo mejor es que cada uno se mantenga en su lugar y que si alguien tiene algo de qué quejarse, que lo haga por medio de sus representantes (es decir, en sentido estricto, que no lo pueda hacer).

El gran triunfo del proceso electoral es que la administración de esta verdadera antipolítica es un consenso hegemónico. Scioli o Macri son y serán meros gestores de una continuidad que va mucho más allá del gobierno actual.

Cambiar la política, cambiar el mundo

Cambiar el mundo significa cambiar la forma de pensar el estado de cosas. Ese cambio implica, en primer lugar, evitar que el estado de las cosas sea quien determine en última instancia nuestras ideas. Cualquier propuesta que se deduzca de las condiciones que impone la realidad será siempre conservadora. Si el punto de partida no es el análisis del mundo –porque en definitiva es el limitante de la acción transformadora–, entonces deberá ser una declaración de principios. Y en ella habrá que apoyarse para dar coherencia a la acción. Las ideas son las que tienen que orientar la realidad. De eso se trata el pensamiento político.

La ausencia de política en el actual proceso eleccionario se percibe, de manera ejemplar, en la progresiva retracción del pensamiento y la acción colectiva en favor de la aceptación pasiva de las decisiones superestructurales, el disciplinamiento militante y la exaltación obediente de los liderazgos personales. La combinación de un Estado omnipresente como referencia excluyente del lugar de la política, con la instrumentación delegativa del poder de las bases y las militancias verticalistas, tiene la función estratégica de liquidar las experiencias autoconvocadas, independientes o autogestivas que se han producido en los últimos quince años. Es decir, lo que permite el Estado, lo hace a costa de lo que obtura. Y lo que obtura, ahora y siempre, es el pensamiento y la acción emancipativa. El pensar y el hacer de la emancipación no puede decirse y actuarse desde el discurso y la estructura dominante, porque son justamente su excepción.

La decisión de cambiar el mundo es una apuesta siempre extemporánea de unos pocos que aspiran ser muchos, no porque pretendan convencer a otros de las virtudes de un candidato, sino por la universalización de unas pocas ideas, que van a contramano de lo que es esperable. Ser “realista” en política es ser conservador. Si de lo que se trata es de llegar al gobierno y desde allí mejorar las condiciones materiales de la gente, debe darse por supuesto que los detentadores del poder delegado son genuinos intérpretes de los deseos de la gente y que lo que quiere la gente, o el pueblo, es sólo vivir un poco mejor. La condición fundacional de nuestras “democracias” debe reinterpretarse a la luz de la expansión del capitalismo contemporáneo no sólo como sistema económico dominante sino como estructurador de la individualidad egoísta.

La política es la excepción de las necesidades vitales o materiales. Es la acción de decidir el propio destino individual y colectivo sin tutelas ni patrocinazgos. Es, por sobre todas las cosas, emanciparse de la esclavitud de las necesidades.

Una política de emancipación lo es fundamentalmente porque aspira a liberarse de la vieja política, la que acorrala al animal humano entre la depredación para unos y la supervivencia para otros. Se puede pensar desde la indigencia y decidir cómo intentar salir de ella, revisando las condiciones de su producción y modificando el sentido de la inclusión personal en un mundo. No es necesario que, mientras tanto, otros piensen por aquellos que supuestamente no lo pueden hacer por sus propios medios.
Las elecciones de funcionarios del capital a las que el sistema nos obliga a participar deberían interpelarnos sobre las elecciones políticas que tomamos y sobre cuánto decidimos realmente con cada una de ellas. Lo que deberíamos poder elegir es otra forma de pensar y hacer política que no nos deje acorralados entre optar por un candidato u otro, circunscriptos por la lógica de las mercancías, cuyas campañas de difusión son groseras estrategias de marketing. Es penoso ver cómo los candidatos se autoelogian, presentándose como los mejores para gobernar y pidiendo rastreramente a la población que los vote a ellos y no a los otros.

El calendario electoral impone una temporalidad. El tiempo del pensamiento político es otro, porque es propio e inmanente. No debe someterse a los plazos externos electorales.

La discusión sobre el “fin de ciclo” es perentoria. Pero no porque se agote –o no– la etapa kirchnerista de gestión del Estado sino porque lo que se está acabando es el ciclo de una concepción de la política.

Alejandro Cerletti
2015

Acontecimiento 45 (2014)

  • Que se vayan todos. Grupo Acontecimiento
  • Las lecciones de Jacques Rancière: saber y poder después de la tempestad. Alain Badiou
  • Seguimos pensando en el interior del horizonte ideológico de nuestros enemigos. Raúl Cerdeiras
  • Crítica de la autogestión.  Martín López
  • El toro por las astas. Hernán Mancuso

Otras voces

  • Anatomía política de la coyuntura sudamericana. Imágenes del desarrollo, ciclo político y nuevo conflicto social. Sandro Mezzadra y Diego Sztulwark
  • Estudiantes de Ayotzinapa. EZLN

Acontecimiento 29-30 (2005)

  • Cómo piensa la política el Grupo Acontecimiento Raúl J. Cerdeiras.
  • Otras campañas: La apuesta zapatista y los avatares de la nueva política, Elsa González y Gabriel D’Iorio.
  • Crónica de una jornada en territorio zapatista, Susana Bercovich.
  • Ideología, subjetividad y reproducción social (Una relectura de Ideología y aparatos ideológicos de estado, de Louis Althusser), Alejandro A. Cerletti.
  • Más allá del izquierdismo especulativo, Bruno Bosteels.
  • La figura del revolucionario de Estado. Igualdad y Terror, Ocho tesis sobre lo universal y Jacques-Alain Miller, Alain Badiou

Acontecimiento 28 (2004)

  • La idea de justicia, Alain Badiou.
  • Cuerpo erótico – Cuerpo político, Susana Bercovich.
  • Necesidad y política, Raúl J. Cerdeiras.
  • La subjetividad. El problema de la definición y el problema de la alteración, Andrés Pezzola.
  • ¿Qué es la “Organización Política”?.
  • Materiales de discusión:
    • Sobre la identidad y lo universal: Correspondencia a partir del artículo: “¿Justicia, venganza o política”, Antton Azkargorta, Raúl Cerdeiras.
  • Documentos:
    • Sobre la Universidad: “Quebrar la triple ilusión. Sobre concursos, rentas y excelencia” (Apuntes sobre las condiciones políticas de la producción y reproducción académicas).