El voto inútil

El futuro ya llegó.

Ha llegado el momento. Estamos siendo testigos del inevitable agotamiento del “Estado emancipador” como algunos se han atrevido a llamarlo. La situación actual que quiere forzar a los argentinos a elegir entre “dos proyectos” de la burguesía (nacional-desarrollista vs extranjerizado-liberal) nos muestra a las claras que la “voluntad política” cuando es ejercida desde los mecanismos Estatal-Representativos siempre se queda manca frente a los vientos cíclicos (ciclónicos) del capital mundial. Cuando el viento es “de cola” es fácil aferrarse a las banderas con la mano izquierda e ir a toda vela sobre el barco del consumo pero cuando los vientos comienzan a venir cruzados la derecha parece necesaria para tirar de los cabos y enderezar la nave.

La retórica de los “dos proyectos en pugna” está en su último avatar. Está a las claras tanto para los más kirchneristas como para los menos que la elección a la que se nos fuerza desde arriba es una elección entre dos variantes de derecha. Sin dudas vamos saliendo de la “década ganada” la cuestión es ver si vamos a salir por la puerta o por la ventana. Las argucias del “mal menor” nunca estuvieron tan presentes en las discusiones políticas como lo estuvieron este último año y esa es la muestra más clara de que la política verdadera esta hoy más ausente que nunca.

La sociedad no se derechizó, la política si.

No debemos caer en el diagnóstico que dice que “la sociedad se derechizo” simplemente para culpar al otro de que un candidato que no nos gusta gana una elección. Me pregunto entonces, si el kirchnerismo fue el “retorno de la política” después del “incendio” y la “crisis institucional” de principios de siglo, ¿dónde está esa “política”?. La respuesta es clara, está aquí, la política que retorna con el ciclo kirchnerista no es otra que la política de la derecha que nos lleva inevitablemente a la elección actual ante la que nos vemos enfrentados. Una forma de hacer política que se resume en el artículo 22 de nuestra constitución nacional: “El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de éste, comete delito de sedición”.  Por supuesto que estoy de acuerdo respecto a las fuerzas armadas pero ¿Qué hay con las reuniones de personas?. Las concepciones de la política que “retorna” en el 2003 son las mismas contra las cuales el pueblo argentino se sublevó en el 2001. En ese sentido el retorno de la política del kirchnerismo no hizo otra cosa que afianzar las bases político-institucionales para un eventual retorno de la derecha (macrista o sciolista). Recompuso el tejido político y social para neutralizar las “reuniones de personas” que intentaron deliberar y decidir por su cuenta (que finalmente es la única verdadera oposición posible) para re-instalar la omnipotencia estatal frente a cualquier iniciativa política autónoma y anticapitalista.

El macrismo ¿fase superior del kirchnerismo?.

Las medidas económicas del ciclo kirchnerista han sido sin dudas más amables con el conjunto de la sociedad de lo que han sido las tomadas durante la década del ’90. También es cierto que no podrían haber sido de otra manera. El afán de un “Estado presente como agente de redistribución de la riqueza” frente a un “Estado ausente que deja todo librado al mercado” es una oposición más que clásica, en este sentido el kirchnerismo no ha inventado nada. Como siempre, y esto se comprueba en todo el mundo a lo largo del siglo XX, los Estados de bienestar resultan ser los agentes que se encargan de recomponer los mercados después de las grandes crisis para luego devolverle el mando a los de siempre (con sociedades políticamente anestesiadas) cuando las condiciones están listas para un nuevo ciclo de explotación. A veces incluso lo hacen ellos mismos, basta con ver el caso europeo donde los históricos partidos socialdemócratas se han dedicado sistemáticamente a aplicar severas medidas de ajuste.

Es necesario desactivar el argumento de “Estado ausente” vs “Estado presente” para afirmar que el Estado es siempre la herramienta que administra las condiciones de desarrollo de un mercado. El Estado-nación de hoy en día no es más que un gestor que administra un mercado-nación. Por eso es que no creemos en que los años noventa hayan estado marcados por la ausencia del Estado, el Estado siempre está presente o sino ¿Quién se piensan que privatizó medio país en aquella época?. El Estado lo hizo, por más que nos guste pensar que fue Carlos Menem y sus secuaces (entre los cuales se encuentran algún que otro cuadro de los de la “década ganada”). Es el Estado el que se encargó en aquel momento de liberalizar el Mercado, es el Estado el que se encargó estos últimos años de recomponer el consumo para desarrollar el Mercado interno y es el Estado el que se seguirá encargando de ahora en delante de organizar el Mercado como más convenga para mantener la productividad, la tasa de ganancia y por supuesto, en la medida de lo posible, el benemérito “consumo”. No nos dejemos engañar por el hecho de que durante algunos años haya sido conveniente repartir un poco más el peso de la carreta para que la rueda siga girando y que haya sido conveniente dar el mando a un cochero que conozca más a los caballos que tiran del carro para que no los faje tanto.

El sujeto de consumo. Lo saben y aun así lo hacen.

El logro “político” del kirchnerismo ha sido, ya lo hemos dicho, re-encauzar las aguas que se habían desmadrado en el 2001 hacia su cauce natural, de vuelta hacia las relaciones de explotación capitalistas dentro de un marco “sostenible”. La estrategia para re-encauzar el rio fue expandir su lecho, literalmente, expandir la base que lo constituye para “incluir” lo más posible a nuevos consumidores dentro del correr de las “frías aguas del cálculo egoísta”. La “década ganada” ha fracasado rotundamente en construir un nuevo sujeto político distinto al del elector-consumidor de la oferta-electoral. Lo cual genera como es de esperarse personas que eligen a Scioli aunque es malo porque Macri es peor y “otra no hay” y personas que eligen a Macri aunque saben que es malo pero porque “hay cosas que no pueden seguir asi”. Se le suele echar la culpa a la clase media argentina de “derechizarse” y darle la espalda a quienes la hicieron crecer. Creo que esto es un resultado directo de la imposibilidad del “populismo” de crear sujetos políticos que piensen más allá de sus intereses. No se puede esperar que la gente deje de votar con el bolsillo si lo único que se vislumbra como logro es insistir en que “ahora más gente puede cambiar el auto, irse de vacaciones, ver el futbol en una tele nueva, etc…” Bueno, lamentablemente el consumidor solo quiere seguir consumiendo (por definición). La tele nueva queda chica, mar del plata ya conozco y el auto ya tiene muchos kilómetros y tiene un ruidito. El día que a esa gente no le alcance para consumir lo que quiere (que es su derecho) va a intentar hacer lo que le han enseñado a hacer, ir y votar (que es su otro derecho) y por supuesto, elegir el “cambio”. Es la vía democrática.
Cuando el sujeto-consumidor se impone y el consumo parece ser la cumbre de los derechos del “pueblo”, cuando se constituye en el primer y el último indicador del bienestar social, cuando el consumo se convierte en sinónimo de libertad y buena vida entonces el capitalismo ha triunfado, cuando el consumo se convierte en bandera política entonces la democracia ha triunfado
Lo reiteramos, la inercia política del kirchnerismo se refleja en su incapacidad a la hora de crear un sujeto político nuevo capaz de sostener lo realizado. El hecho de que se tenga que recurrir a la candidatura de Daniel Scioli para  conservar al menos algo de lo conseguido es el signo más claro de la impotencia transformadora de este ciclo de gobierno.
¿Quién gana cuando gana la democracia?

Parece haber un acuerdo unánime cuando se recalca ante todo que en la jornada electoral “triunfa la democracia”. Hoy más que nunca queda a la vista que aunque perdamos todos, gana la democracia. El fetiche de la democracia es el velo que oculta la expansión de su condición subyacente, el capitalismo. ¿Por qué la gente vota algo que sabe que es malo y que sabe que no quiere?, aquí tenemos a la ideología funcionando en su máxima expresión, saben que es malo, aun así lo hacen. La democracia es el deber de elegir. El imperativo de la participación democrática frente a la amenaza del terror de la dictadura no permite ver que siguen decidiendo por nosotros. Debes elegir. Elegir entre Scioli y Macri es el triunfo de la democracia. Quizás dicho así cobre la dimensión necesaria. De vuelta, por si no quedo claro: “elegir entre Scioli o Macri es un triunfo de la democracia… “

No es lo mismo…

No podemos decir que Macri y Scioli son lo mismo así sin más. Sería absurdo, a menos que fijemos una posición desde la cual sea posible mostrar que no son más que variantes de lo mismo. Esa posición requiere hacer una distinción polémica entre economía y política. Si la política se reduce a la gestión de los asuntos económicos por parte del Estado (lugar de consenso absoluto de todas las fuerzas que se presentaron en las elecciones), posiblemente debamos afirmar que hay una diferencia de “políticas-económicas” entre ambos. Pero si intentamos afirmar que la política no se reduce a la administración económica debemos decir que en tanto hombres de Estado cumplen la misma función, la función de la política de Estado, que no es otra que administrar las condiciones de desarrollo del capitalismo. A lo sumo podemos reducir la situación a una disputa entre facciones de la burguesía ya que no hay una diferencia política real entre ambos en tanto están allí para lo mismo.

Afirmar que la política no se confunde con la gestión económica es decir que la política es un proceso subjetivo que cambia la existencia de las personas y no solo sus condiciones materiales de vida. Por más polémico que esto suene considero que es fundamental no ceder en este punto sino queremos caer permanentemente en las trampas de las políticas de derechas. Sino pensamos que la política se trata de decisiones subjetivas de ruptura y no de elecciones objetivas, sino pensamos que la política se trata de inventar lo que no existe y no de elegir entre lo que hay, sino pensamos que la política no es una relación de demanda y oferta sino que es una situación de producción creadora entonces estaremos siempre a merced de que nos vendan espejitos (globitos) de colores.
No necesitamos mártires…

El mecanismo electoral es particularmente individualista. Una persona un voto. En esto cuaja perfectamente con el ideal del consumidor capitalista. Esta atomización de la decisión lleva necesariamente a paradojas donde un voto no decide nada por si mismo pero a la vez parece decidirlo todo, pareciera que en cada decisión individual se carga sobre la espalda el peso del destino de una nación cuando en realidad lo que inclina la balanza son los movimientos de grandes masas heterogéneas e incoherentes de votantes donde vaya uno a saber porque vota cada cual. Esto se ve claramente si analizamos el contenido de los discursos de campaña de los principales candidatos, cuanto más imprecisos mejor.

Esta dinámica electoral ejerce un doble juego. Por un lado condiciona la decisión individual por la voluntad colectiva al forzar a elegir entre aquellos que tienen oportunidad de ganar, por lo cual algunos votos quizás más afirmativos parecen quedar excluidos (es la famosa polarización o voto útil). Por otro obliga a la gente a estar convencida de lo que hace porque la responsabilidad de la acción es siempre individual, el sujeto colectivo es incomprensible para esta política. Esta combinación lleva directamente a construir el argumento del “mal menor”. Finalmente entre el forzamiento a elegir y el peso individualista de la decisión se termina construyendo un problema de “conciencia”.  Siempre podemos decir que la sociedad esto o la sociedad lo otro, pero la realidad es que a la hora de descargar responsabilidades solo vemos individuos.

El argumento del “mal menor” es la salida por derecha de todo problema político. Aceptar que todo está mal y ver la manera en la que podemos estar un poco menos mal es la forma misma del conservadurismo.

Por eso en el escenario que se nos presenta no necesitamos mártires que inmolen su buena conciencia progresista y voten a Scioli para detener la avalancha neo-liberal del macrismo. El que quiera hacerlo adelante, pero no por eso debemos aceptar, los que no estamos dispuestos a avalar este escenario que se nos ofrece, que se nos tilde de “no hacernos cargo”, de “egoístas” o de no querer “ensuciarnos las manos”. Muy por el contrario, no nos resulta nada fácil desligarnos de esta decisión en la práctica y por eso nos vemos obligados a asumir sus consecuencias. Nosotros no pensamos que poner un voto por la vía del “capitalismo moderado” o como se ha llegado a decir “humanitario” esgrimiendo consignas progresivas y consideración con “los que menos tienen” sea hacerse cargo de la situación insoportable en la que vive la gran mayoría de las personas en el mundo actual del capitalismo mundializado. Muy por el contrario, implica patear el problema para más adelante y avalar las condiciones en las que él mismo se reproduce. Pan para hoy, hambre para mañana…

En cuanto a los que piensan con convencimiento en votar a Macri, no hay nada que hacer, es probablemente su incapacidad para ver más allá de sus propias narices lo que hace que esa gente ya esté perdida y no vale la pena ni siquiera interpelarlos. Lo que no debemos hacer es, nuevamente, confundir la “voluntad popular” con el cumulo de intereses individuales que esconde.
Retomar desde donde lo dejamos…

Por supuesto que no podemos decir esto y quedarnos quietos. Eso sí sería no hacerse cargo. Si pensamos que todo lo que uno puede hacer políticamente es ir a elegir lo que mejor lo represente (aunque no lo represente para nada) entonces si es necesario ir masivamente a votar a Scioli. Pero si nos comprometemos con el enunciado de que “otra política es posible” entonces debemos encaminarnos en construirla. Debemos pensar y hacer una política que no nos devuelva permanentemente a estas encerronas como las que estamos viviendo en este momento.

Hubo un tiempo, hace no mucho, donde la gente supo que podía hacer algo más que ser un simple espectador de la vida política del país. Que podía salir a la calle, que podía organizarse por su cuenta más allá de los partidos y de las estructuras anquilosadas del poder sindical, que podía tomar el problema en sus manos y hacer algo, por precario que sea. El primer paso siempre es un salto al vacío.
En ese momento la gente no esperó a que aparezca un candidato para canalizar sus demandas. No salió a pedir por alguien que vaya a ocupar el poder para darles algo más de lo poco que tenían. En aquel momento la gente se corrió de su papel de víctima que tiene que ser ayudada y rescatada por la buena conciencia de los que están arriba, sino que tomo el problema en sus manos, se organizó e hizo cosas. Habrá sido mucho, habrá sido poco, no lo sabemos, es discutible y es necesario discutirlo.

Por supuesto siempre vamos a tener los argumentos de la izquierda mesiánica y dogmática que piensa que en el 2001 fue un fracaso porque se perdió la oportunidad de hacer la Revolucion ya que por un problema probablemente de dirección o de conciencia no se pudo organizar a las masas hacia la toma del poder y bla bla bla…

Pero también tenemos la visión reactiva aunque exitosa del kirchnerismo frente a estos acontecimientos que los nombra como “el lugar al que no queremos volver, porque es la consecuencia de los 90”. Aquí queda más que claro que el temor de la clase dirigente no es tanto a los modelos económicos de antaño sino a sus consecuencias políticas. Lo que más temen los estadistas es que se rompa la vía de la institucionalidad, que no “triunfe la democracia”, que la gente deje de ver por un momento las miserias económicas y se concentre en lanzarse masivamente contra el sistema político que las reproduce. El miedo del Estado (no importa quién lo ocupe) es que la gente vea su propio potencial de organizarse y de luchar no solo contra el capitalismo (hasta el Papa lo hace) sino contra las formas de vida en común y de organización política que lo sostienen.

Por eso ahora, venga lo que venga, el compromiso debe ser más fuerte que nunca, y la tarea es retomar desde allí donde lo dejamos. Ver que nos enseñaron esos años de fines y comienzo de siglo, hacer balances, criticas, propuestas y sobre todo apuestas, muchas apuestas. No hay que esperar que esto se arme solo desde arriba para luego sumarnos, hay que ensayar todas las formas posibles de decir ¡basta!, por pequeñas que sean, en los lugares donde nos encontramos todos los días buscar las formas de decir ¡aquí estamos y esto no lo queremos más!. Mirarnos con los demás y no ver personas que necesitan ayuda sino personas iguales a nosotros que tienen problemas comunes y que tienen sobre todo capacidad de decidir y de hacer por su propia cuenta, personas con las que debemos apoyarnos mutuamente y no intentar dirigir o comandar según lo que nosotros pensamos correcto.

El ciclo neo-liberal de los ´90 y sus luchas nos enseñaron que tenemos nuevas armas, que podemos hacer otras cosas. Nuevamente, no nos engañemos, no fue el kirchnerismo el que termino con el flagelo de Cavallo, De la Rua y el FMI, fue la gente en la calle, fue la organización popular la que puso el cuerpo en esos tiempos mientras los personajes que hoy se presentan como los embanderados de la lucha contra el ajuste votaban a pies juntillas todas las medidas del menemismo. Los ´90 nos enseñaron muchas cosas que quizás no supimos aprender porque todo el aparato de la política estatal se empeñó sistemáticamente en esconder sus potencialidades, sacando sus propias conclusiones. Ante los tiempos que avecinan sin dudas que debemos volver sobre aquellas lecciones y armarnos nuevamente con más y mejores recursos, con nuevas experiencias y nuevas consignas.

También pensamos conveniente de vez en vez levantar la cabeza y ver más allá de las fronteras para ver que no estamos solos. En el mundo pasaron, pasan y pasaran cosas, miles de cosas, desde las primaveras árabes, al movimiento de indignados en España, el zapatismo en México y la lucha por el agua en Bolivia, kurdistán, palestina, los refugiados y los campos de concentración de la democracia europea. Estos y probablemente muchos otros que desconocemos son lugares eminentemente políticos donde se desarrollan y se ponen en prácticas nuevas experiencias y nuevos pensamientos políticos que debemos atender por su potencial emancipador.

Es imperioso que pensemos la manera de hacer algo, por pequeño que sea, para que nunca, pero nunca más tengamos que buscar razones y excusas para elegir entre Macri y Scioli.

Juan Cerdeiras
Octubre 2015